viernes, 18 de mayo de 2007

edo


anoche, bajo la luz, estuvo contando cosas que lo hacían parecer más cansado que antes, más harto. entre los cigarrillos, su chaleco blanco, la barba preciosa, casi colorina, no se parecía tanto a mi edo, ese que me sostiene cuando estoy a punto de caer, que me toma la mano y me saca a bailar para que no esté triste, para que por un momento, aunque solo un instante, me sienta más feliz. o cuando conversamos por las tardes al teléfono, nos envíamos meils - como teenagers - como si negáramos el tiempo en el que hemos crecido juntos, como si negáramos lo adulto, lo actual, las máscaras. nunca me había parecido tanto a una persona, nunca me había sentido tan cerca de alguien; nunca me había dado cuenta de que era tan igual a él.

2 comentarios:

Eduardo dijo...
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Eduardo dijo...

Por este mismo tema del 'crecer' y convertirse en adultos-que-quieren-seguir-siendo-niños, me ha tocado, últimamente, sentir cómo corren lágrimas por mi rostro... lágrimas de pena, de rabia, de frustración. Pero hoy en la mañana, al leer esto, las lágrimas que salieron de mis ojos no fueron de tristeza, sino de una inmensa felicidad. Te quiero demasiado, Paulita mía.